Hace inocentemente la fila, como todos los días.
No le importaba viajar de pie; usualmente solía esperar con ansias el retorno a casa, al encuentro del mate y los bizcochos con mamá.
Sube repitiendo automáticamente su acción diaria que le permite regresar y descansar: indica el importe al chofer, con buenos modales le agradece y va en busca de un lugar donde sentarse.
Indescifrablemente lo ubica. Encuentra lugar en los últimos dos asientos.
La esperaba.
Pide gentilmente permiso al moreno y finalmente toma asiento, ingenua.
Comienza a responder mensajes y a twittear. Al cabo de unos minutos, el ómnibus, ahora lleno, arranca y empieza su recorrido uniendo las rutinas de la gente común de zona oeste.
Ve pasar el paisaje, colgada quién sabe en qué nube esta vez... Ve pasar los edificios y negocios hasta convertirse en casas residenciales y plazas. Y ahí es cuando sucede.
Hasta aquel momento no había notado la inquietud y excitación del moreno que le impedían quedarse quieto sin mover las manos constantemente. No hasta que, inconscientemente, lo hizo.
Al pasar por un bache de la calle Weizman, todos los que se encontraban sentados participaron de una precipitación a su inercia y en un sobresalto colectivo, rebotaron en sus asientos.
Y el moreno no pudo con su genio. El moreno no soportó más y lo dejó ser. Le agarró fuertemente la mano, aprovechando el momento de exaltación, y entrelazó sus dedos con los de ella. Tocó la gloria en esos segundos.
Con una marca de estupefacción en el rostro, lo observa con cierto recelo. Mira en dirección a sus manos que todavía seguían unidas y repite la mirada un tanto hostil a aquellos ojos café del moreno.
Éste, sin inquietarse, le sonríe. Se pierde en sus ojos, maravillado, con los suyos iluminados. Y le sonríe, sinceramente, demostrando el hermoso sentimiento que irradiaba su alma mediante sus blancos dientes.
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