Mi corazón, o lo que mierda sea que tengamos ahí, tiene que calmarse un poco.
Esas sensaciones de mariposas, estúpidas, incontrolables en la boca del estómago tienen que menguar.
Las energías se atraen. Pero tampoco tanto como para mover montañas, ni mucho menos para achicar un cacho el mapa.
La ilusión, pelotuda, enceguece y lastima. Aunque por momentos deja a nuestra imaginación volar. Y vuelan, eh. Nos encontramos felices. Somos felices.
La caída es lo que duele. Ese despertar maldito cuando nos incorporamos después del vuelo.
Ese puto 'click', la puta expresión de 'me cayó la ficha'.
Los años, abstracto, no se pueden ver ni tocar. Abstractos. Los años de infancia son tan añorados una vez alcanzada la adolescencia.
La infancia, aquella hermosa edad en donde todo era disfrutar y descubrir sin importar prejuicios ni limitaciones. Aquella edad es la que necesitaría ahora, para volar tranquila. Y creer.
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